miércoles, 31 de octubre de 2012

EL SEÑOR NOS SALVA Y NOS SANTIFICA

La intemperancia se ocupa de los placeres cuyo apetito no es tan necesario a la conservación de la vida puesto que son adventicios Y  LO SON PORQUE HAN DEJADO DE SER NATURALES. CUANTO MÁS NATURAL MENOS PECADO. La intemperancia es más voluntaria que la timidez que obra por temor de cosas externas amenazantes. Los actos que buscan el placer en cambio son plenamente voluntarios. Los placeres venéreos y de la comida que modera la templanza se prolongan durante toda la vida y el hombre puede ejercitarse en regularlos. En cambio los peligros de muerte se presentan rara vez y entonces recién el hombre ensaya vencerlos. Así es menor el vicio de ceder ante una lucha más cruel aunque sea más difícil de vencer el deseo de placer venéreo o de manjares.
La intemperancia decía Aristóteles es excecrable entre todos los vicios. Se fundamenta en que contradice toda claridad y hermosura que procede de la luz de la inteligencia. Por eso son placeres serviles. Son de menor gravedad pero de mayor infamia por la torpeza que encierran. Por el hecho de que tantos pecan con ellos no le quitan su infamia. Pero hay otros contra natura más excecrables aún.
Por la misericordia de Dios tenemos un salvador que nos ha bien comprado

lunes, 22 de octubre de 2012

LA BURLA DEL ORDEN

La templanza es una virtud puesto que aplica moderación de acuerdo a la razón. Pero es una especial ya que se aplica a los deseos y placeres, pasiones que atacan el orden de la razón. Y son específicamente los del tacto. Así la temperancia versa sobre los máximos deleites que surgen del tacto: comida, bebida y los placeres venéreos que en la naturaleza están ligados a la conservación de la especie, a una cosa necesaria. Y estas son necesidades. Tanto debe usar del placer cuanto sea necesario para satisfacer la necesidad de esta vida. Tal es la regla que reviste la razón formal de fin. Y esto la hace virtud cardinal basada en la moderación acerca de algo difícil: los deseos más distantes, duraderos y comunes. No nos aporta tanto bien como las otras cardinales pero nos priva de gran miseria de obrar como un animal sin regla.
Como toda virtud tiene vicios opuestos. La insensibilidad es uno. ES LÓGICO QUE EL HOMBRE DISFRUTE DEL PLACER EN LA MEDIDA REQUERIDA PARA LA SALUD HUMANA, dice en la respuesta a la cuestión 142  a1 para definir la insensibilidad como pecado y despejar la calumnia que se tiene en este aspecto contra la doctrina cristiana y a despecho de tantos clérigos particulares que en la educación hayan enseñado y predicado lo contrario, obligando a la represión del impulso natural.. Lo particular no es universal o católico. La doctrina dice: es vicioso todo lo que contraría el orden de la naturaleza. Si alguien llegara a despreciar dicho placer hasta el extremo de desechar la parte exigida para la conservación de la naturaleza pecaría de insensibilidad, violando su orden. Si se pretendiera hacer responsable a la doctrina de la Iglesia de las neurosis al modo freudiano habría marrado el tiro, es decir pecado. Pero ¡la Iglesia no son los clérigos que viven su entendimiento particular a favor o en contra! Es Santo Tomás, doctor común de la Iglesia.
Pone sin embargo casos que justifican la prescindencia: la enfermedad, la de los atletas y soldados para cumplir su misión. También en lo espiritual los penitentes para recuperar la salud del alma. Además sobre todo los contemplativos que necesitan elevarse de dichos deleites carnales y siguen a la razón en ello.
La intemperancia en cambio es un exceso de concupiscencia. Y es pueril, dice siguiendo a Aristóteles. Porque los niños y la concupiscencia no escuchan la voz de la inteligencia. El niño, visto así, está sujeto a los caprichos. Lo dice el Eclesiástico: EL CABALLO INDÓMITO SE RESISTE Y EL HIJO ABANDONADO SEHACE INAGUANTABLE. Así la concupiscencia no resistida se hace necesidad. Hay que someterla al orden como al niño. Pero el orden es el espiritual.  Frenar la concupiscencia no es suprimirla sino disminuir su poder. Luego el niño debe someterse a la ley del pedagogo. La concupiscencia a la razón. Pero la razón responde a la naturaleza, que exige lo necesario para atender a la superviviencia. Aquí se excede alguien en cantidad. No sucede algo así cuando la humana curiosidad adoba los manjares o se adorna la mujer para excitar la concupiscencia. Hay otro desorden.
¡Ah cómo la modernidad ha burlado este orden natural!         

viernes, 12 de octubre de 2012

SEGUIMOS EN LA SUMA

Recordemos. Exponemos la Suma Teológica como la ciencia de la sabiduría cristiana procedente del Nuevo Testamento. Y cuando decimos ciencia nos referimos a lo que se explica en la cuestión primera en sus diez artículos y no a la concepción ni de modernos ni la diversa de los submodernos. Y por supuesto nada tiene que ver con las teologías actuales que son mezcla de modernos y posmodernos. Suum quique, esto es lo que realiza la LOGOTECTÓNICA: da lugar a cada cosa y lo hace comprendiendo.
Nosotros sabemos que lo dicho en la Suma es así y no tiene superación posible porque es perfecto. Lo otro que se diga desde el Nuevo Testamento corre por cuenta de la totalidad o esfera respectiva: sea Derrida o haya sido la periferia cultural de la modernidad con sentido singular desde Dilthey.
Claro está si buscamos santidad no recurriremos a este último y si a Santo Tomás. Y eso es lo que veníamos haciendo hundidos en las virtudes morales y en especial en la TEMPLANZA, la cual sigue siendo necesaria para quien busca la paz como tranqiilidad en el orden de lo par y de lo dispar.