miércoles, 4 de abril de 2012

¡CÓMO NECESITAMOS LA PACIENCIA!

“A muchos mató la tristeza y no hay utilidad en ella”, dice el Eclesiástico. Es pues necesaria una virtud que conserve el bien de la razón contra la tristeza para que la razón no sucumba a ella. Tal la función propia de la PACIENCIA, que es según Agustín la que nos hace soportar los males con buen ánimo, es decir sin decaer. De lo contrario perderíamos los bienes a que nos lleva la recta razón. Así gozamos los bienes que quisimos alcanzar que están en el cielo.
Así la paciencia considerada como hábito es virtud porque preserva el alma de los agobios de la tristeza. Con ello pueden operar las virtudes cardinales y las teologales. En suma todas son dispositivas para la caridad que une a Dios. Escuchamos a San Pablo decir que “la caridad es paciente”. Esto nos muestra que no se da paciencia sin la gracia.
El hombre en el estado de naturaleza caída tiene el peso predominante de la concupiscencia. EN EL ESTADO DE NATURALEZA PURA HUBIERA PREDOMINADO LA INCLINACIÓN DE LA RAZÓN (¿ha leído esto Rousseau? No creo). El hombre así tiene paciencia para conseguir los bienes deseados pero la paciencia es soportar males para que la razón tienda a los espirituales con las virtudes teologales que le hacen ver, esperar y amar a Dios como su bien.
Cuando el hombre tiende al bien social no necesita el auxilio de la gracia santificante pero Dios de todos modos lo auxilia a quien tiende al bien finito.
La fortaleza se ocupa de los temores y la paciencia de las tristezas: por eso la paciencia es parte de la fortaleza. Cicerón define la paciencia como LA TOLERANCIA VOLUNTARIA Y CONTINUADA DE COSAS ARDUAS Y DIFICILES. Así incluye en si la LONGANIMIDAD.
Hay pues que amar hasta el final ejercitando la paciencia. Tenemos la penitencia para recuperar la gracia de la paciencia cuando frecuentemente nos agobia la tristeza por los males que nos hieren.

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