Las
virtudes morales son dispositivas para la vida contemplativa porque su acto
puede ser estorbado por la vehemencia de las pasiones que arrastran la atención
de lo espiritual a lo sensible y es perturbada por los ruidos exteriores. Ellas
refrenan las pasiones y acallan los ruidos de las ocupaciones exteriores.
Son causas
motoras que perfeccionan la voluntad para que tienda al amor de Dios y del
prójimo pero que no entran en la esencia de la contemplación. Disponen a la
vida contemplativa en cuanto causan paz y pureza.
Hay
conexión con la templanza cuando se pregunta si lo honesto es lo mismo que lo
bello. La hermosura y lo bello consisten en claridad y proporción debida y Dios
se dice bello como causa del esplendor y consonancia del universo. De allí la
proporción del cuerpo y la belleza espiritual que consiste en la bien proporcionada
conversación del hombre según la claridad espiritual de la razón. Esto es
honestidad: belleza espiritual. Menos es la belleza visible. La faz de la
honestidad despierta, si la vemos, un amor maravilloso a la sabiduría dice
Cicerón. Pero la soberbia borra la sabiduría y descompone el esplendor y debida
proporción que se hallan en la razón, la cual ordena en las cosas la claridad y
proporción.
Así en la
vida contemplativa que consiste en el acto de la razón por sí y esencialmente
se encuentra la belleza. El libro de la Sabiduría dice: Me hice amante de su hermosura.
La s
virtudes morales, especialmente la templanza que reprime las concupiscencias
más opuestas a la luz de la razón, participan de la belleza que está en la
sabiduría
No hay comentarios:
Publicar un comentario