jueves, 23 de junio de 2011

LA FRATERNIDAD DE LA PAZ

Dejando un momento la SUMA TEOLÓGICA que expone la salvación cuyo camino es la santidad (nadie mire esto como presunción porque es un regalo de Dios que al hombre le cuesta aceptar) revelaré el lugar adonde me condujo el Señor que es la FRATERNIDAD DE LA PAZ en el valle de San Javier Provincia de Córdoba, Argentina, delante de las Sierras de los Comechingones muy amadas.
Aquí en entre lomas con el sacramento del matrimonio enarbolado como signo de la Iglesia fuimos consagrados como matrimonio de la paz y vivimos junto a las hermanitas de la paz, habitando, es decir adorando el santísimo y rezando las horas. Pero, como dice Martín Fierro, no hay tiento que no se corte en un momento las hermanitas se fueron y quedó solo el monasterio por el cual paseo en tardes y mañanas del paraíso: no crea quien esto ha leído que pienso encontrar la santidad en textos, por venerables que sean. Si abrimos la Suma es para mostrar que Dios no estuvo dormido nunca ni lo está ahora, inspirándonos a que andemos por el camino de la verdad. Y el necio dijo en su corazón: caminante no hay camino.
En ese monasterio abandonado de la paz he escrito muchos poemas, por lo general sonetos. Ahora pondré uno escrito hace poco:

TRANSUBSTANCIACIÓN

Envuelto por la luz el monasterio
navega por la tarde ensimismado,
los árboles susurran a su lado
y el tiempo pleno adviene y el salterio

resuena con arcano tono serio
que ubica en lo profundo y lo impetrado,
la paz, con clave al fin bien temperado,
se expande en un armónico sahumerio.

No hay nadie en sus espacios, hay vacío
mas lleno está de bienaventuranza.
El pan de vida embebe cual rocío

el aire y el follaje: a todo alcanza
la TRANSUBSTANCIACIÓN y el manso río
lo lleva al mar y más allá lo lanza.

Recordemos que Tomás de Aquino subraya una y otra vez que las virtudes teologales nos donan la bienaventuranza: la fe y la esperanza como futura y la caridad ya en el presente.

martes, 14 de junio de 2011

SE CUMPLIÓ LA PROMESA: SER SANTOS

Estamos en la cuestíón 25 de la segunda parte de la segunda parte de la Suma Teológica, el objeto de la caridad. Estamos en el sistema de la ciencia sagrada en la moral especial que concluye con la sacramentalidad como concreción de la salvación en la tercera parte, que ha sido la configuración final de la filosofía de la segunda época de la historia, la cual fue la época de la Iglesia (sacramento grande) en la historia, en su rol de madre y maestra. La doctrina encuentra aquí a su Aristóteles, como la tercera época del nuevo tiempo ha tenido en Hegel su consumación en el sistema de la Ciencia: la época de la libertad como absoluto.
Nada de esto es válido en los modernos del mundo encerrado en sí (nada hay fuera del mundo que lo mida, Nietzsche) ni para los submodernos de la esfera del lenguaje, que cancelan el logocentrismo.
Pero tanto para la Iglesia, que no puede disolverse, como para los beneficiarios de la paz logotectónica (que somos quienes vemos el orden en la discordia perennis del pensamiento) no se puede considerar ni superada ni abandonada lo que “ha sido” su doctrina, dicho en tiempo perfecto. Hoy no queda otro horizonte nuevo más que el de la santificación, el de la recepción de Dios mismo en nosotros como fue prometido en la historia de la salvación ¡Él en nosotros, que por fin se haga su voluntad! No en la sociedad, no en las estructuras (que sí se hará más o menos según lo haya dispuesto en su impenetrable Providencia donde nosotros somos los gestores como ciudadanos del mundo) sino en quienes no puede fallar: en cada persona objeto de su amor de caridad (no sea que nos ocupemos de las estructuras para escaparle a Dios ¿o por qué se pronunció esa sentencia: Dios ha muerto? Nosotros lo matamos, si no le damos hospedaje).
Cuanto más se ama a Dios más se amará al prójimo a pesar de cualquier enemistad. Porque los enemigos nos son adversos en cuanto enemigos pero no en cuanto hombres y como capaces de bienaventuranza. No se puede, sin embargo, amarlos con su pecado, es contrario a la caridad. Se ama la común naturaleza y la caridad nos dispone para amar no a todos los particulares (a cada uno de ellos) sino a algún enemigo en particular si ocurriese la circunstancia para hacerlo. Y cuanto más se amara a Dios mejor disposición se tendrá para realizar este nuevo mandato.
En común uno pide por los hombres en general y así se beneficia a los enemigos. De lo contrario estaríamos en la línea de la venganza y el Levítico dice: NO BUSQUES LA VENGANZA NI TE ACUERDES DE LAS INJURIAS DE TUS CONCIUDADANOS”. Pero darles muestras a todos los enemigos no es de necesidad, aunque sí estar dispuesto como dicen los Proverbios: “SI TUVIERE HAMBRE TU ENEMIGO DALE DE COMER”´. No sólo se precave así del odio al prójimo por injuria recibida sino que busca atraerlo al amor con la caridad.
La participación en los beneficios de la vida eterna en la cual se funda la amistad de la caridad nos hace prójimos (recordar que no estamos en la tercera época donde se desarrolla la concepción de la libertad en el ciudadano: faltan unos quinientos años). Eso nos acerca a los ángeles y entre nosotros. Pero no a los demonios cuya naturaleza está deformada por el pecado, porque el objeto de la caridad es la bondad y ellos ya han elegido por siempre apartarse de ella. No podemos desear para ellos lo que deseamos cuando amamos a otro que todavía puede merecer la caridad que procura el bien de la bienaventuranza eterna. Sin embargo los demonios se conservan para gloria de Dios. Pero no tienen buena intención aunque sirvan a la buena intención de Dios.
Las cuatro cosas que han de ser amadas por caridad son : Dios, el prójimo, nuestro cuerpo y nosotros mismos. Dios constituye la bienaventuranza que se nos da en la caridad, los ángeles y nosotros participamos del fin último y nuestro cuerpo es participante de ella. Luego amamos ese bien en todos los casos enumerados.
Subrayamos la insistencia de Santo Tomás de Aquino acerca del fin de las virtudes teologales en la bienaventuranza: es el fin último, algo hoy prácticamente desterrado del horizonte de comprensión de la existencia. Hasta tal punto se pone la bienaventuranza como plenitud de la existencia en su fin que el amor lo es de la bienaventuranza: queriéndola para el prójimo, queriéndola para sí mismo, amando a Dios en quien reside. Dios es bienaventurado: es la última de las cuestiones en la primera parte, después de haberlo visto en su unidad, en su saber, querer y poder. La providencia, precisamente, indica la disposición y luego el poder de llevarnos hacia Él. Así la perfección de la bienaventuranza como perfección, que incluye las perfecciones del ser uno, es el paso inmediatamente anterior a la exposición de la Trinidad y concluye con el tratado de Dios Uno. Es el nexo entre los tratados de Dios Uno y el de Dios Trino. El en sí es feliz, luego es una procesión de personas: la del Verbo o imagen y la del Espíritu Santo que procede como amor.
Nada es al azar en la Ciencia Sagrada. Y nosotros nos alegramos dicéndole a los pensadores de la línea evolutiva del continuo: los muertos que vos matáis gozan de buena salud.

miércoles, 8 de junio de 2011

AMOR DE SÍ FRENTE A AMOR PROPIO

La criatura racional hereda la vida eterna por la semejanza de la imagen y como la caridad se funda en la comunicación de la bienaventuranza estrictamente sólo ella ha de ser amada por caridad. Pero como Dios ama todo cuanto ha creado e impuso en cada cosa su vestigio las criaturas irracionales han de ser amadas como bienes que ha dispuesto para nosotros y las amamos como tales.
El amor con el cual uno se ama a sí mismo es raíz del amor con el cual se ama a los demás. Amamos a Dios y a sus cosas y luego nos amamos a nosotros mismos por caridad. Y así amamos nuestro cuerpo creado por Dios para justicia. Porque no lo amaremos en su condición dañada por la corrupción del pecado. No hay rechazo del cuerpo sino de la infección del pecado y de su corrupción que agrava el alma para que no podamos ver a Dios. Se ama por caridad al cuerpo porque participa en la bienaventuranza de la fruición de Dios.
Si la caridad se funda en la comunicación de la bienaventuranza se deben amar los pecadores por caridad porque son capaces de ella por naturaleza. Y odiaremos la culpa que les impide alcanzarla, culpa que debe ser odiada hasta en los más allegados., según lo expresa el salmo 138,22: LOS ODIÉ CON ODIO PERFECTO. Detestar el mal y odiar el bien es la misma cosa. El odio perfecto pertenece a la caridad.
Pero tenemos paciencia con los amigos por la esperanza de su curación y amamos la virtud para ellos que es un auxilio que vale más que la riqueza: Existen sin embargo pecadores incurables que son más dañosos para los demás que susceptibles de enmienda y tanto la ley divina como la humana ordenan en este caso su muerte. Por eso el juez no los envía a morir con odio sino por caridad prefiriendo el bien público al particular. Y si hubiera conversión aprovecha al pecador y si no, le priva de hacer más pecados. Lo que se pretende es que mueran los pecados y que viva el hombre. Y si bien se ha de amar a los pecadores para que se conviertan se ha de evitar la convivencia para evitar el pecado. El Señor comía con los pecadores pero no tenía consorcio con ellos. El Apóstol preceptúa: Salid en medio de ellos y no consintáis en su pecado. El salmo 116 asegura que el pecador odia su alma. Y he aquí que el amarse a sí mismo es lo peculiar de los buenos que se conocen y se aman a sí mismos según el hombre interior y trabajan para alcanzarlo y se gozan volviéndose a su corazón: toda su alma se concentra en lo uno sin rebeldías de su voluntad. Los malos en cambio no anhelan los bienes del hombre interior ni les es deleitable convivir consigo mismos porque no pueden allí hallar paz donde anidan maldades presentes, pasadas y futuras. De tal manera que van por la pendiente de un amor propio hasta llegar al desprecio de Dios porque codician los bienes exteriores y menosprecian los bienes espirituales. Por este camino no pueden amar: QUIEN AMA LA INIQUIDAD ODIA SU ALMA, salmo 10,6
Y la iniquidad es un misterio. Por eso la oración santificadora debe ser incesante.

lunes, 6 de junio de 2011

EL HOGAR POSEÍDO EN LA CARIDAD

Tomás de Aquino pone este raro artículo sobre la reflexión de la caridad, la autoconciencia y la autorrealización donde en un mismo movimiento se implican Dios, cada uno de nosotros en su espíritu y las otras personas. Lo anticipaba en el artículo anterior dond el prójimo debía amarse por Dios porque Dios no debía ser cosificado y fijado como objeto del amor como absoluto vacío sin relación con los que lo aman.

La caridad ni es una cosa ni ama cosas pues se ejerce entre lo otro absoluto que las cosas relativas: las personas. Una aclaración que va entre paréntesis: nosotros, atentos al Heidegger de la diferencia del ser y el ente y luego que los posmodernos han terminado con los restos del yo y se han sumergido en la otredad relacional mostramos hoy el esse secundum Deum que es la CARITAS y la relacionabilidad absoluta de las personas.
Así (desde Agustín) el amor a Dios y al prójimo ama al amor que según el de Trinitate es más conocido por ser más íntimo que el hermano y “abrazando en su intimidad al Dios del amor abraza a Dios por amor” (Si hay que amar al prójimo como a uno mismo se lo puede cumplir amando a Dios en nosotros, al Espíritu enviado por el Padre y el Hijo: es decir obedeciendo a su moción)
El amor con el cual amamos, luego, puede reflejarse sobre sí. El fin de la voluntad es el bien universal y la voluntad del bien es un bien que debe quererse, así como también el intelecto se intelige a sí mismo. Luego el amor puede reflejarse sobre sí porque es un movimiento espontáneo del amante hacia el amado y por el hecho de amar uno ama el amarse.
Pero la caridad no es simple amor sino que consiste en amistad, la cual tiene dos aspectos: el amigo por quien tenemos amistad y para el cual queremos el bien,
y el bien que queremos para él. Recién en éste amamos la caridad por caridad, PORQUE LA CARIDAD ES EL BIEN QUE PRETENDEMOS PARA TODOS AQUELLOS QUE AMAMOS POR CARIDAD. Así amamos la bienaventuranza y las demás virtudes.
La caridad es la misma comunicación de la vida espiritual por la cual se llega a la felicidad. Y por esto se ama como bien deseado para todos a quienes amamos por caridad. Amamos con caridad (AGAPE) cuando queremos la caridad con la cual se recibe la bienaventuranza de las Divinas Personas, su gloria, para las otras personas destinadas a ella desde “antes que el mundo fuese”. Y nuestro querer hace ingresar nuestro saber intelectual en la realidad efectiva. Es decir se vuelve obra. En nuestro caso construye hogar donde la caridad se hace permanencia.

jueves, 2 de junio de 2011

DIOS ES AMOR Y POR ÉL SOMOS Y AMAMOS

El tema del artículo primero de la cuestión veinticinco de la segunda parte de la segunda plantea el problema del objeto de la caridad ¿Termina en Dios sin extenderse al prójimo? Parece obvia la respuesta y sin embargo encierra una cuestión fundamental que nos arroja de un error al otro, es decir al error que es pasar de largo por la verdad por en realidad no es ella el objetivo sino las cosas de la finitud. Tanto es así que hoy la pregunta ha llegado a caer en si la caridad además de los otros también se extiende a Dios. Hemos llegado al encerramiento en el mundo donde Dios es algo agregado a la sociedad y las cosas. Y esto revela otro pensar: el de los modernos en sentido singular, aquel del conocido diagnóstico: Dios ha muerto.
Es admirable que se tenga que probar esto que expresa la carta de Juan, aquel apóstol a quien Jesús amaba: TENEMOS ESTE MANDAM
El tema del artículo primero de la cuestión veinticinco de la segunda parte de la segunda plantea el problema del objeto de la caridad ¿Termina en Dios sin extenderse al prójimo? Parece obvia la respuesta y sin embargo encierra una cuestión fundamental que nos arroja de un error al otro, es decir al error que es pasar de largo por la verdad por en realidad no es ella el objetivo sino las cosas de la finitud. Tanto es así que hoy la pregunta ha llegado a caer en si la caridad además de los otros también se extiende a Dios. Hemos llegado al encerramiento en el mundo donde Dios es algo agregado a la sociedad y las cosas. Y esto revela otro pensar: el de los modernos en sentido singular, aquel del conocido diagnóstico: Dios ha muerto.
Es admirable que se tenga que probar esto que expresa la carta de Juan, aquel apóstol a quien Jesús amaba: TENEMOS ESTE MANDAMIENTO DE DIOS: QUE QUIEN AMA A DIOS AME TAMBIÉN A SU HERMANO.
La explicación de la razón conceptual se apoya en lo ya dicho en la primera parte acerca del hábito y la razón formal del objeto (1-2 q.54 a 3)que da el fundamento siguiente: LA RAZÓN DE AMAR AL PRÓJIMO ES DIOS, PORQUE DEBEMOS AMAR AL PRÓJIMO POR EL HECHO DE ESTAR EN DIOS. Por esto el hábito de la caridad es unitario: por el mismo amor de caridad amamos a todos los prójimos en cuanto los referimos a un bien común que es Dios.
Amar por Dios implica ser por él que es su ser, del cual todos tenemos participación. Así debemos amarlo y todos los que por él son. Tal es su precepto.