La virtud y el vicio dan al sujeto en que radican
disposiciones diferentes. Así lo hacen la templanza y su contrario en cuanto
ponen el orden de la razón en la fuerza concupiscible o no. En cambio la
continencia resiste simplemente y su sujeto reside en la facultad electiva que
es la voluntad que es como término medio entre la razón y el apetito
concupiscible y puede ser movida por ambos.
En el continente se mueve por la razón, el incontinente por el apetito concupiscible.
Ambas pertenecen a la voluntad como a su sujeto que resiste o no a las
pasiones. En cambio la temperancia es según la razón y el apetito sensitivo
está sujeto a ella domándolo. Porque la continencia apenas lo resiste como un
domador al potro todavía indómito.
La causa directa de la incontinencia es el alma que no
resiste a las pasiones. Y esto sucede cuando el alma cede al impulso pasional
antes de escuchar el juicio de la razón y esto origina una incontinencia
desenfrenada. En el segundo caso es por debilidad de la razón. Hay aquí una negligencia
del espíritu en resistir con firmeza. Y se considera a la mujer más débil en
todo este aspecto. Se ve que Eva está ante la mira…sin María que enaltece a la
mujer.
La incontinencia se enumera como pecado en la epístola a
Timoteo junto a los calumniadores e inhumanos. Si no se nombrara allí poco
podríamos contra los que postulan la liberación. Sin embargo el incontinente
que se aparta de la regla de la razón y luego se sumerge en torpes deleites hoy
no llama la atención ya que la razón ha sido subordinada a la “vida”. Pero
Aristóteles que no ha vivido el clericalismo europeo dice que la incontinencia
es vituperable porque se aleja de la
razón sino por derivar en concupiscencias depravadas. Esto lo dice en Atenas
democrática antes de la desmedida Roma. El no conservar la moderación debida en
otras materias es considerado pecado.
En todo esto se subraya el juicio de la razón ¡Cuánto se ha
apartado la modernidad de esto!
Es por esto que es mucho peor pecar por intemperancia
que por incontinencia, porque la pasión
acomete y desaparece en cambio el hábito vicioso se goza porque ese acto ya le
resulta connatural por adquirido. En un caso se compara a una fiebre en el otro
a algo crónico. El intemperante pierde la recta estimación del fin último, que
es como el primer principio en el orden especulativo y es difícil reducir al
recto sentido a quien se ha extraviado respecto del primer principio
especulativo o del fin último. Es arduo luchar contra el hábito malo porque
aunque el deseo sea débil se inclina al mal, en cambio el incontinente es
arrastrado por fuerte marejada sensible.
El movimiento de la concupiscencia es totalmente sensible y
no es modo alguno racional como el de la ira. El primero es más continuo pero
menos peligroso para el prójimo pero en sí mismo degrada más por ser repelente
a la razón.
Como se ve el murmullo de los deseos tratado en la submodernidad
no era desconocido al Filósofo a quien apela aquí Santo Tomás y el punto está
en la razón recta o bien en la revolución de la sensibilidad fuera de sus
cadenas.
Suum quique: a cada esfera lo suyo. Que se elija y se deje
la gracia por parte de quien no la necesita para contenerse y no quiere ver el
espectáculo ni de la razón ni, más allá de la fe.
Nosotros optamos por lo bello aunque sea difícil ya como
Platón pero por cierto queremos llegar a Dios poseyendo a Dios.
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