El Apóstol en Rom.6,23 dice que el salario del pecado es la muerte. Mas si uno lo ama será amado por el Padre y él se nos manifestará. Tal manifestación es vida eterna porque “la vida eterna es conocerte a ti único Dios verdadero y a quien enviaste a Jesucristo” (San Juan,14). Por lo tanto la muerte expulsa la caridad por el principio de no contradicción que dice que no puede existir en un sujeto lo mismo y lo contrario bajo un mismo respecto: la muerte y la vida. La caridad es la vida. Consiste en que Dios sea amado sobre todo y que el hombre se sujete a él totalmente refiriendo todo lo suyo a Dios. La razón de la caridad es pues la sujeción a Dios por amor y a sus preceptos. Pero no depende de la virtud del sujeto el adquirirla sino que es un hábito infuso y depende de quien la infunde. Si se obstaculiza la luz del sol se oscurece todo y se priva de luz y de este modo la caridad no depende de un acto mío que anule el hábito adquirido porque éste es infuso y se está infundiendo en mí continuamente por Dios, que me ha llamado amigo y me comunica el bien si le correspondo. Es como el sol. Si yo lo obstaculizo con un pecado mortal oponiéndome a los divinos preceptos simplemente mato en mí la vida de la caridad (no la fe ni otras virtudes) prefiriendo el pecado a la amistad con Dios. Solo cuando se da tal salida del orden que repugne la voluntad divina hay pecado mortal, no cualquier desorden lo es, como el venial, que es desorden en los medios. Y la caridad no puede quedar informe como la fe sino que se destruye al encontrar oposición como la de la luz porque mira a Dios, se relaciona con él en razón de fin último.
La santidad vive de la infusión de Dios de la caridad. Quitada ella se pierde la connaturalidad o mejor sobrenaturalidad con Dios que es la santidad ¡Procede de su voluntad! Privándonos de ella por voluntad nos quedamos sin caridad y sin santidad. No creamos pues que porque no nos veamos santos por faltarnos virtudes que dependen de nosotros no somos ni seremos santos. Allí dependemos del acto y del hábito adquirido, del enemigo que nos traba y decepciona. En la caridad es Dios quien da gratuitamente y nos llena de Espíritu Santo como al diácono Esteban quien vio el cielo abierto y recibió todo el cielo ¿Qué es ser santo? Estar lleno del Espíritu Santo, lo cual coincide (fuera de toda moralina) con ser cristiano. Por eso la sujeción odiada por la modernidad...
abro este espacio para explicar que la justicia de la bienaventuranza aludida es la santidad que es premiada con la saciedad. Cómo se alcanza y como se debe alcanzar la santidad es lo que haré pasando por TODA LA CIENCIA SAGRADA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO.
martes, 31 de mayo de 2011
lunes, 30 de mayo de 2011
LAS TRES EDADES DE LA CARIDAD
En primer lugar incumbe al hombre el apartarse del pecado y resistir sus concupiscencias que nos mueven en sentido contrario a la caridad: aquí hay que nutrirla para que no se pierda como la planta recién nacida. En segundo lugar el interés de adelantar en todo aquello que aproveche al bien y se robustezca la caridad. En tercer lugar el de unirse y gozar de Dios de quienes “desean morir y estar con Cristo”.
El primer paso corresponde a los incipientes, el segundo a los que aprovechan y el tercero a los perfectos. Principio, medio y fin hacen un movimiento total, aquí de crecimiento de la caridad que es siempre la misma porque lo que puede cambiar es la disposición del sujeto para ella. Por eso no puede disminuir ya que no procede de actos humanos sino que puede perderse por el pecado cuya pena puede implicar el retiro de la caridad; pero es por el pecado mortal y no por el venial que es un desorden sóloen los medios de quien sigue apeteciendo el fin. Tomás asegura: Dios no se aparta más del hombre que cuanto el hombre quiere separarse de Él. Actualmente el pecado venial no priva de la caridad porque se sigue amando por Dios lo que se ama. El mortal no la disminuye sino que la destruye totalmente. En ningún caso pues la caridad se disminuye.
He aquí porqué la caridad pueda tenerse o bien perderse. Lo expresa así Apocalipsis, 2,4. El acto y la potencia lo hacen comprender: la caridad por su esencia excluye todo motivo para pecar. Cuando no está en acto entonces puede sobrevenir alguna ocasión excitante del pecado que si fuera consentida desplazaría la caridad. Así la caridad en el cielo no puede perderse por estar en acto de posesión contemplativa de Dios.
Serán necesarias ahora las virtudes y los dones para mantenerse en caridad y la lectura de la palabra que se hace pan de vida en la comunidad de los creyentes que deberá ser la de los ob-audientes.
El primer paso corresponde a los incipientes, el segundo a los que aprovechan y el tercero a los perfectos. Principio, medio y fin hacen un movimiento total, aquí de crecimiento de la caridad que es siempre la misma porque lo que puede cambiar es la disposición del sujeto para ella. Por eso no puede disminuir ya que no procede de actos humanos sino que puede perderse por el pecado cuya pena puede implicar el retiro de la caridad; pero es por el pecado mortal y no por el venial que es un desorden sóloen los medios de quien sigue apeteciendo el fin. Tomás asegura: Dios no se aparta más del hombre que cuanto el hombre quiere separarse de Él. Actualmente el pecado venial no priva de la caridad porque se sigue amando por Dios lo que se ama. El mortal no la disminuye sino que la destruye totalmente. En ningún caso pues la caridad se disminuye.
He aquí porqué la caridad pueda tenerse o bien perderse. Lo expresa así Apocalipsis, 2,4. El acto y la potencia lo hacen comprender: la caridad por su esencia excluye todo motivo para pecar. Cuando no está en acto entonces puede sobrevenir alguna ocasión excitante del pecado que si fuera consentida desplazaría la caridad. Así la caridad en el cielo no puede perderse por estar en acto de posesión contemplativa de Dios.
Serán necesarias ahora las virtudes y los dones para mantenerse en caridad y la lectura de la palabra que se hace pan de vida en la comunidad de los creyentes que deberá ser la de los ob-audientes.
domingo, 29 de mayo de 2011
PEREGRINOS DE DIOS
Más y más la caridad existe en mí cuando penetra en mí, en mi interior. Describo el hecho viéndome como peregrino que camino hacia Dios, fin último de nuestra bienaventuranza. Y en esta vía tanto más avanzamos cuanto nos acercamos a Dios, lo cual se hace por los afectos de la mente. Y esto lo hace la caridad por la cual LA MENTE SE UNE A DIOS. Si no aumentara la caridad no habría proceso de caminar y no habría pues camino. Pero así lo llama el Apóstol en 1 Cor 13: EL CAMINO EXCELENTE. El acto de la caridad siempre puede ser más intenso y como no es una cosa, solo aumenta por intensificarse en el sujeto: está en la dimensión del ser y no puede ser medida por el número. Se aumenta la caridad solamente por una más perfecta similitud del Espíritu Santo en el alma.
Así somos en esencia peregrinos de Dios que es amor, es decir AGAPE. Más íntimo es mi amor, más hijo soy, más ansío serlo, más crezco en caridad y no se le puede poner término pues es una participación en el Espíritu Santo, que es el amor infinito del Padre hacia el Hijo y del Hijo hacia el Padre.
Muera para que no muera y te vea dice Agustín, maestro de Teresa y ambos de Pablo: ES MUCHO MEJOR MORIR Y ESTAR CON CRISTO (Fl 1,23). La caridad perfecta expresa pues la muerte vital a esta vida mortal, es morir a toda cosa y amar a las Personas Divinas, las cuales dan la gloria de su gracia para amarlas. Y al amar a las Personas amaré a las personas en la Persona del Hijo por el Espíritu Santo que derrama la caridad en nuestros corazones, es decir intimamente.
Somos peregrinos de Cristo y no tenemos aquí ciudad sino que buscamos la futura, dice Pablo. Y esa es la condición de la vida mortal tocada asumida, por la eternidad pascual.
Así somos en esencia peregrinos de Dios que es amor, es decir AGAPE. Más íntimo es mi amor, más hijo soy, más ansío serlo, más crezco en caridad y no se le puede poner término pues es una participación en el Espíritu Santo, que es el amor infinito del Padre hacia el Hijo y del Hijo hacia el Padre.
Muera para que no muera y te vea dice Agustín, maestro de Teresa y ambos de Pablo: ES MUCHO MEJOR MORIR Y ESTAR CON CRISTO (Fl 1,23). La caridad perfecta expresa pues la muerte vital a esta vida mortal, es morir a toda cosa y amar a las Personas Divinas, las cuales dan la gloria de su gracia para amarlas. Y al amar a las Personas amaré a las personas en la Persona del Hijo por el Espíritu Santo que derrama la caridad en nuestros corazones, es decir intimamente.
Somos peregrinos de Cristo y no tenemos aquí ciudad sino que buscamos la futura, dice Pablo. Y esa es la condición de la vida mortal tocada asumida, por la eternidad pascual.
sábado, 28 de mayo de 2011
EL SUJETO DE LA CARIDAD
El objeto del apetito sensitivo es el bien captado por el sentido y el objeto del apetito intelectivo o voluntad es el bien bajo la razón común de bien, aprehendido por el intelecto ¡Cuánto trabajo dio esto a los primeros filósofos y todavía no entró en la educación como prioridad! El hombre intelectual de hoy en cambio se dedica a destruirlo. Pero los hombres necesitan saber esta distinción y luchar consigo mismos para apetecer lo bueno, el bien común que han visto por la inteligencia y al cual deben alcanzarlo por la virtud.
Ahora, en la plenitud de los tiempos hay otra dimensión: conocer y alcanzar el bien divino con el apetito de la voluntad. Y esto es obra de la caridad como virtud sobreañadida a la voluntad humana y aún creatural. Porque es una ciencia supereminente la de la caridad de Cristo, como dice el Apóstol, la cual tiene afinidad con la voluntad racional pero que está sobre ella cuando debe tender a un fin supra trascendente.
Por lo tanto se derrama en los corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado y se nos infunde por gracia de LA PERSONA DIVINA QUE ES EL AMOR DEL PADRE Y DEL HIJO. Tal es la comunicación de la bienaventuranza eterna en la cual se funda la amistad del hombre con Dios.
El caso es que que por nuestra coaptación a las cosas sensibles no podamos amar lo que es más digno de ser amado como objeto cierto de la felicidad, luego necesitamos que la caridad para amarlo se infunda en nuestros corazones. Para este acto gratuito de Dios debemos disponernos con las otras virtudes.
No somos nosotros por naturaleza los que amamos sino EL ESPÍRITU que sopla donde quiere obra en nosotros como dicen Juan y Pablo. Y reparte la gracia "según la medida de la donación de Cristo". Aún la disposición que ponemos de nuestra parte es una moción del Espíritu (pensar en las palabras de la todas las generaciones llamarán feliz), que nos hace dignos de la parte de la herencia de los santos en la luz como se dice en Col.1,12. Esto es gracia que es incoación de la gloria.
¿Y qué si hemos recibido la gracia para ser santos? ¿La dejaremos porque la ciencia comenzó descubriendo que la tierra se movía? ¿O ya entonces habíamos olvidado la cuestión 24, artículo 4 de la segunda parte de la segunda parte de la ciencia tomásica?
Ahora, en la plenitud de los tiempos hay otra dimensión: conocer y alcanzar el bien divino con el apetito de la voluntad. Y esto es obra de la caridad como virtud sobreañadida a la voluntad humana y aún creatural. Porque es una ciencia supereminente la de la caridad de Cristo, como dice el Apóstol, la cual tiene afinidad con la voluntad racional pero que está sobre ella cuando debe tender a un fin supra trascendente.
Por lo tanto se derrama en los corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado y se nos infunde por gracia de LA PERSONA DIVINA QUE ES EL AMOR DEL PADRE Y DEL HIJO. Tal es la comunicación de la bienaventuranza eterna en la cual se funda la amistad del hombre con Dios.
El caso es que que por nuestra coaptación a las cosas sensibles no podamos amar lo que es más digno de ser amado como objeto cierto de la felicidad, luego necesitamos que la caridad para amarlo se infunda en nuestros corazones. Para este acto gratuito de Dios debemos disponernos con las otras virtudes.
No somos nosotros por naturaleza los que amamos sino EL ESPÍRITU que sopla donde quiere obra en nosotros como dicen Juan y Pablo. Y reparte la gracia "según la medida de la donación de Cristo". Aún la disposición que ponemos de nuestra parte es una moción del Espíritu (pensar en las palabras de la todas las generaciones llamarán feliz), que nos hace dignos de la parte de la herencia de los santos en la luz como se dice en Col.1,12. Esto es gracia que es incoación de la gloria.
¿Y qué si hemos recibido la gracia para ser santos? ¿La dejaremos porque la ciencia comenzó descubriendo que la tierra se movía? ¿O ya entonces habíamos olvidado la cuestión 24, artículo 4 de la segunda parte de la segunda parte de la ciencia tomásica?
lunes, 23 de mayo de 2011
LA CARIDAD ES EL FIN DE LOS FINES
El fin de la caridad es uno: la divina bondad y es una su comunicación, la bienaventuranza eterna sobre la cual se basa la amistad. Dios es el objeto principal de la caridad y el prójimo se ama desde la caridad por causa de Dios.
Por eso es la excelente entre las virtudes, hyperbólica, como dice Pablo en 1 Cor.13. Tan excelente cuanto “ALCANZA AL MISMO DIOS PARA REMANSARSE EN ÉL” Es la más digna porque lo alcanza a Dios por sí mismo y se ajusta a Él siendo la suprema regla como lo es para la fe y la esperanza y no meramente a la razón como las virtudes morales que tiene en Dios su medida ¡LA CARITAS ES LA MEDIDA DE LA MEDIDA! La fe y la esperanza son instrumento para lo que alcanza la caridad: morar, habitar en Él. La caridad ya está unida a su objeto que es el mismo Dios: por eso tiene la perfección de la paz. Existe en ella el fin y la consumación.
Y por más que diéremos todo a los pobres y entregáramos nuestro cuerpo a las llamas si no tuviéremos caridad nada seríamos, es decir si lo hiciéramos no por el fin último o por el bien principal que es Dios, por el cual se dice bueno todo fin. Pues hay bienes particulares que si no estuvieren ordenados al bien principal serían malos si nos apartaran de él. El bien principal es gozar de Dios (FRUITIO DEI) según el salmo 72 y este es el objeto de la caridad. Y la virtud es, según Aristóteles, la disposición al bien óptimo que es el objeto de la caridad por lo tanto ninguna virtud verdadera lo es sin la caridad. Hay virtud sobre el bien particular que si no es verdadero sino aparente es malo como ocurrió en quien eligió su propio bien ante el ofrecimiento de la FRUITIO DEI y se dedicó desde ese instante en presentar los bienes aparentes o disfrazados de verdad los cuales pueden ser bienes (como es el caso de ocuparse de los pobres o amar a los demás) pero rechazando o bien olvidando el ofrecimiento del bien de los bienes.
Un tema fundamental: dar la espalda a la FRUICIÓN DE DIOS QUE NOS AMA Y RECHAZAR LA ALABANZA DE LA GLORIA DE SU GRACIA CON LA CUAL NOS AGRACIÓ EN EL AMOR. Darle la espalda y burlarse así creaturalmente de la santidad. Según algunos modernos que amaron la santidad (Tolstoi, Gandhi) así nos fue.
En nuestra historia tanto se perdió cuando se borró el fin último que es forma de las formas o fin de los fines, pues del querer del fin último se concibe el acto de las otras virtudes. Sin virtudes no hay santidad como sin ejercicio no hay fuerza.
Uno se va resbalando de apariencia en apariencia, de lo semejante a lo verdadero, a lo menos semejante, apoyándose en valores (como la libertad sacada del contexto donde es principio del estado república) hasta llegar a la burla de la santidad que da el gozo de Dios en la caridad ¡No es igual a la solidaridad! Es el ser de Dios en nosotros: su Persona.
Por eso es la excelente entre las virtudes, hyperbólica, como dice Pablo en 1 Cor.13. Tan excelente cuanto “ALCANZA AL MISMO DIOS PARA REMANSARSE EN ÉL” Es la más digna porque lo alcanza a Dios por sí mismo y se ajusta a Él siendo la suprema regla como lo es para la fe y la esperanza y no meramente a la razón como las virtudes morales que tiene en Dios su medida ¡LA CARITAS ES LA MEDIDA DE LA MEDIDA! La fe y la esperanza son instrumento para lo que alcanza la caridad: morar, habitar en Él. La caridad ya está unida a su objeto que es el mismo Dios: por eso tiene la perfección de la paz. Existe en ella el fin y la consumación.
Y por más que diéremos todo a los pobres y entregáramos nuestro cuerpo a las llamas si no tuviéremos caridad nada seríamos, es decir si lo hiciéramos no por el fin último o por el bien principal que es Dios, por el cual se dice bueno todo fin. Pues hay bienes particulares que si no estuvieren ordenados al bien principal serían malos si nos apartaran de él. El bien principal es gozar de Dios (FRUITIO DEI) según el salmo 72 y este es el objeto de la caridad. Y la virtud es, según Aristóteles, la disposición al bien óptimo que es el objeto de la caridad por lo tanto ninguna virtud verdadera lo es sin la caridad. Hay virtud sobre el bien particular que si no es verdadero sino aparente es malo como ocurrió en quien eligió su propio bien ante el ofrecimiento de la FRUITIO DEI y se dedicó desde ese instante en presentar los bienes aparentes o disfrazados de verdad los cuales pueden ser bienes (como es el caso de ocuparse de los pobres o amar a los demás) pero rechazando o bien olvidando el ofrecimiento del bien de los bienes.
Un tema fundamental: dar la espalda a la FRUICIÓN DE DIOS QUE NOS AMA Y RECHAZAR LA ALABANZA DE LA GLORIA DE SU GRACIA CON LA CUAL NOS AGRACIÓ EN EL AMOR. Darle la espalda y burlarse así creaturalmente de la santidad. Según algunos modernos que amaron la santidad (Tolstoi, Gandhi) así nos fue.
En nuestra historia tanto se perdió cuando se borró el fin último que es forma de las formas o fin de los fines, pues del querer del fin último se concibe el acto de las otras virtudes. Sin virtudes no hay santidad como sin ejercicio no hay fuerza.
Uno se va resbalando de apariencia en apariencia, de lo semejante a lo verdadero, a lo menos semejante, apoyándose en valores (como la libertad sacada del contexto donde es principio del estado república) hasta llegar a la burla de la santidad que da el gozo de Dios en la caridad ¡No es igual a la solidaridad! Es el ser de Dios en nosotros: su Persona.
jueves, 19 de mayo de 2011
CARIDAD: EL ALMA GOZA DE DIOS POR ÉL MISMO
Es sublime porque procede de Dios mismo pero es movida por la voluntad de cada uno en cuanto acceda a la moción del Espíritu Santo. En esto hay mérito, de lo contrario sería un mero instrumento la voluntad humana que obraría desde el exterior. Y Él todo lo mueve con suavidad.
Requiere la voluntad buena una forma sobreañadida para realizar el acto del amor de caridad con el cual obre pronta y gozosamente. Así como somos buenos participando en la bondad divina e igualmente sabios así amamos al prójimo participando en la divina caridad causada eficientemente por Dios en el alma. Así la caridad es vida del alma como el alma es vida del cuerpo. Pero la caridad hace un efecto infinito al UNIR EL ALMA A DIOS, su autor, JUSTIFICÁNDOLA. Sin embargo es virtud que es elegida o que expresa una preferencia del acto humano en cuanto se ajusta a su debida regla: que ahora no es ya la razón sino Dios mismo. SER DE ACUERDO A DIOS. ESSE SECUNDUM DEUM: TAL ES LA CARITAS CREADA EN NOSOTROS.
Aunque la caridad sea creada en el alma es más digna que su sujeto en cuanto es participación del Espíritu Santo. El amor de caridad es el amor del bien que es el objeto de la bienaventuranza, la cual es el fin último de la vida humana, la bienaventuranza eterna. Por esto abarca el acto de toda la vida humana imperando todas las virtudes. Es virtud especial que manda sobre el fin de todas. Pablo a Timoteo (1Tm1,5): EL FIN DEL ANUNCIO ES LA CARIDAD. La caridad es el TELOS. Es decir el fin de los fines, lo que los hace ser fines. La ciencia por ejemplo es un fin noble si se ve en camino al amor de caridad, la cual es causada por Dios mismo para gozar de Él.
¡Y llaman amor a la pasión del hombre con exclusividad! Y con ello se pierde el hombre entre las cosas amadas y se ocultan las personas, las imágenes de la imagen del Padre, la filiación, la participación en el fin para el cual hemos sido hechos y en el el cual hemos sido hechos como lo revela el himno a los Colosenses ¿Qué merito hay en amar las cosas para las cuales encontramos deseos siempre vivos? La vida del alma es la caritas y la pasión dominante en el alma natural es el amor cuyo motor es el deseo. El alma puede estar muerta para lo espiritual y ser vida para lo corporal. No se diga que somos dualistas porque cuando decimos sí al Espíritu somos más unos que nunca. Y el Espíritu ingresa por la encarnación del Verbo que nos lo infunde ¡Es igual a nosotros menos en el pecado! EL AMOR DEL ESPIRITU ES ENTRE PERSONAS, el amor sensible es (muerto al Espíritu) entre cosas, asumido en él entre personas. Los ángeles que son incorpóreos sin embargo se cosificaron diciendo ¡nó! a la caritas como se expone en la primera parte del tratado de la creación. No es cuestión de dualismo, no metan en esto al digno Descartes.
Requiere la voluntad buena una forma sobreañadida para realizar el acto del amor de caridad con el cual obre pronta y gozosamente. Así como somos buenos participando en la bondad divina e igualmente sabios así amamos al prójimo participando en la divina caridad causada eficientemente por Dios en el alma. Así la caridad es vida del alma como el alma es vida del cuerpo. Pero la caridad hace un efecto infinito al UNIR EL ALMA A DIOS, su autor, JUSTIFICÁNDOLA. Sin embargo es virtud que es elegida o que expresa una preferencia del acto humano en cuanto se ajusta a su debida regla: que ahora no es ya la razón sino Dios mismo. SER DE ACUERDO A DIOS. ESSE SECUNDUM DEUM: TAL ES LA CARITAS CREADA EN NOSOTROS.
Aunque la caridad sea creada en el alma es más digna que su sujeto en cuanto es participación del Espíritu Santo. El amor de caridad es el amor del bien que es el objeto de la bienaventuranza, la cual es el fin último de la vida humana, la bienaventuranza eterna. Por esto abarca el acto de toda la vida humana imperando todas las virtudes. Es virtud especial que manda sobre el fin de todas. Pablo a Timoteo (1Tm1,5): EL FIN DEL ANUNCIO ES LA CARIDAD. La caridad es el TELOS. Es decir el fin de los fines, lo que los hace ser fines. La ciencia por ejemplo es un fin noble si se ve en camino al amor de caridad, la cual es causada por Dios mismo para gozar de Él.
¡Y llaman amor a la pasión del hombre con exclusividad! Y con ello se pierde el hombre entre las cosas amadas y se ocultan las personas, las imágenes de la imagen del Padre, la filiación, la participación en el fin para el cual hemos sido hechos y en el el cual hemos sido hechos como lo revela el himno a los Colosenses ¿Qué merito hay en amar las cosas para las cuales encontramos deseos siempre vivos? La vida del alma es la caritas y la pasión dominante en el alma natural es el amor cuyo motor es el deseo. El alma puede estar muerta para lo espiritual y ser vida para lo corporal. No se diga que somos dualistas porque cuando decimos sí al Espíritu somos más unos que nunca. Y el Espíritu ingresa por la encarnación del Verbo que nos lo infunde ¡Es igual a nosotros menos en el pecado! EL AMOR DEL ESPIRITU ES ENTRE PERSONAS, el amor sensible es (muerto al Espíritu) entre cosas, asumido en él entre personas. Los ángeles que son incorpóreos sin embargo se cosificaron diciendo ¡nó! a la caritas como se expone en la primera parte del tratado de la creación. No es cuestión de dualismo, no metan en esto al digno Descartes.
lunes, 16 de mayo de 2011
LA CARIDAD ES AMISTAD
El hecho insólito que el hombre Dios nos haya llamado amigos y que su amor sea la caridad o el perfecto amor de Dios nos pone ante tal ecuación: lo sublime de Dios lo que atañe a su ser: DIOS ES CARIDAD (AGAPO) se verifica en la para nosotros conocida e indispensable amistad.
Solamente nos resta saber lo que es amistad, cosa de la cual se ocupó Aristóteles en la Ética a Nicómaco ( y así podré despejar el misterio del ser de Dios: la caridad). Y la amistad es benevolencia, querer el bien de otro con reciprocidad. Ahora si existe tal querer también se requiere una comunicación del mismo bien, una realización de dicho querer. Y Dios que quiere este bien para nosotros puede y sabe comunicarlo, resta pues que nosotros le correspondamos. Hay un desnivel entre él y nosotros pero la amistad lo nivela cuando su voluntad ha querido que seamos amigos y no siervos según el evangelio de San Juan, capítulo 15. Esta comunicación, claro está, se hace según la mente según aquello de San Pablo: NUESTRA CONVERSACIÓN ESTÁ EN LOS CIELOS", comenzándose esto en esta vida. Ahora amo también a los enemigos en cuanto amo todo lo que es suyo, a todos sus hijos, por amarlo a él.
Así conocemos lo sublime, la caridad, por lo más cotidiano, la amistad. El método modesto tomásico sigue operando en la ciencia sagrada.
Solamente nos resta saber lo que es amistad, cosa de la cual se ocupó Aristóteles en la Ética a Nicómaco ( y así podré despejar el misterio del ser de Dios: la caridad). Y la amistad es benevolencia, querer el bien de otro con reciprocidad. Ahora si existe tal querer también se requiere una comunicación del mismo bien, una realización de dicho querer. Y Dios que quiere este bien para nosotros puede y sabe comunicarlo, resta pues que nosotros le correspondamos. Hay un desnivel entre él y nosotros pero la amistad lo nivela cuando su voluntad ha querido que seamos amigos y no siervos según el evangelio de San Juan, capítulo 15. Esta comunicación, claro está, se hace según la mente según aquello de San Pablo: NUESTRA CONVERSACIÓN ESTÁ EN LOS CIELOS", comenzándose esto en esta vida. Ahora amo también a los enemigos en cuanto amo todo lo que es suyo, a todos sus hijos, por amarlo a él.
Así conocemos lo sublime, la caridad, por lo más cotidiano, la amistad. El método modesto tomásico sigue operando en la ciencia sagrada.
lunes, 9 de mayo de 2011
DIOS NOS REQUIERE
El temor pues desemboca como vicio o pecado en la desesperación ¿Por qué pecado? Porque la verdadera estimación del intelecto acerca de Dios es que de Él proviene la salvación de los hombres y el perdón de los pecadores según aquello de Ezequiel profeta: NO QUIERO LA MUERTE DEL PECADOR SINO QUE SE CONVIERTA Y VIVA. El movimiento de la esperanza piensa bien y verdaderamente que Dios salva con la gracia santificante y nos hace aptos para tal salvación que consiste en habitar en su casa. Así quien niega que Dios perdona no se perdona a sí mismo y como Judas muere en la desesperación.
La desesperación es un pecado (como los son el odio a Dios y la infidelidad) opuestos a las virtudes teologales que tienen a Dios como objeto. Cumple pues con la definición de pecado que es aversión a Dios y conversión a las criaturas pero esta última aquí solo es consecuencia de su apartamiento voluntario de Dios, convirtiéndose el alma a un bien pasajero. En cambio hay otros pecados, como la fornicación, que no tienen intención de apartarse de Dios pero sino que van al placer carnal del cual se sigue el apartamiento de Dios.
Puede sorprender que si alguien cree, cosa que se verifica por el intelecto que apunta a lo universal, en cambio se dirija con el apetito a una falsa estimación acerca de lo particular teniendo un hábito vicioso por una pasión no rectificada al bien, como el que peca eligiendo la fornicación como un bien particular y en aquel momento conserva la verdadera estimación según la fe, fallando en la estimación que es pecado mortal. Buena explicación de un pecado actual de algunos religiosos doloroso para la Iglesia y que hace preguntar: ¿cómo si es...puede?
Uno puede creer en el perdón de los pecados en general y ser víctima de la desesperación por un pecado particular que ha cometido y considera no puede ser perdonado. Puede estimar universalmente la misericodia de Dios pero piensa que no puede esperarla para él en su posición particular. En la Iglesia, sin embargo, se puede dar la remisión de los pecados.
La desesperación implica no querer curarse: por eso es el más grave pecado porque se separa de la misericordia. Pero es peor no creer en su verdad u odiarlo. Sin embardo en relación a nosotros contraría la esperanza que nos aparta del mal y nos pone en la senda del bien. Perdida la esperanza los hombres se lanzan a los vicios y se retraen de las buenas obras. Aceptar la gracia nos convierte en santos, desesperar de ella nos pone fuera, es decir en lo que se llama infierno. Y Heidegger (sin Dios) escribió en la Carta al Humanismo que la mayor desgracia de esta época actual es haber perdido la gracia.
La desesperación procede de la acedia según San Gregorio, aunque accidentalmente proceda de la lujuria cuyos placeres nos apartan del apetito de alcanzar el bien arduo, encontrando fastidio en el espíritu. Pero el abatimiento que adviene cuando uno cree que ya no puede alcanzar lo bueno y que nunca podrá levantarse hacia él es desesperación. LA ACEDIA ES ESTA TRISTEZA QUE ABATE EL ESPÍRITU Y ENGENDRA DESESPERACIÓN. A NO SER QUE CON MUCHO ESFUERZO SE APARTE DE LO TRISTE EL HOMBRE ENTRISTECIDO NO PIENSA EN LA BELLEZA DEL BIEN.
Si tenemos esperanza de alcanzarla estamos en el camino de la santidad.
La desesperación es un pecado (como los son el odio a Dios y la infidelidad) opuestos a las virtudes teologales que tienen a Dios como objeto. Cumple pues con la definición de pecado que es aversión a Dios y conversión a las criaturas pero esta última aquí solo es consecuencia de su apartamiento voluntario de Dios, convirtiéndose el alma a un bien pasajero. En cambio hay otros pecados, como la fornicación, que no tienen intención de apartarse de Dios pero sino que van al placer carnal del cual se sigue el apartamiento de Dios.
Puede sorprender que si alguien cree, cosa que se verifica por el intelecto que apunta a lo universal, en cambio se dirija con el apetito a una falsa estimación acerca de lo particular teniendo un hábito vicioso por una pasión no rectificada al bien, como el que peca eligiendo la fornicación como un bien particular y en aquel momento conserva la verdadera estimación según la fe, fallando en la estimación que es pecado mortal. Buena explicación de un pecado actual de algunos religiosos doloroso para la Iglesia y que hace preguntar: ¿cómo si es...puede?
Uno puede creer en el perdón de los pecados en general y ser víctima de la desesperación por un pecado particular que ha cometido y considera no puede ser perdonado. Puede estimar universalmente la misericodia de Dios pero piensa que no puede esperarla para él en su posición particular. En la Iglesia, sin embargo, se puede dar la remisión de los pecados.
La desesperación implica no querer curarse: por eso es el más grave pecado porque se separa de la misericordia. Pero es peor no creer en su verdad u odiarlo. Sin embardo en relación a nosotros contraría la esperanza que nos aparta del mal y nos pone en la senda del bien. Perdida la esperanza los hombres se lanzan a los vicios y se retraen de las buenas obras. Aceptar la gracia nos convierte en santos, desesperar de ella nos pone fuera, es decir en lo que se llama infierno. Y Heidegger (sin Dios) escribió en la Carta al Humanismo que la mayor desgracia de esta época actual es haber perdido la gracia.
La desesperación procede de la acedia según San Gregorio, aunque accidentalmente proceda de la lujuria cuyos placeres nos apartan del apetito de alcanzar el bien arduo, encontrando fastidio en el espíritu. Pero el abatimiento que adviene cuando uno cree que ya no puede alcanzar lo bueno y que nunca podrá levantarse hacia él es desesperación. LA ACEDIA ES ESTA TRISTEZA QUE ABATE EL ESPÍRITU Y ENGENDRA DESESPERACIÓN. A NO SER QUE CON MUCHO ESFUERZO SE APARTE DE LO TRISTE EL HOMBRE ENTRISTECIDO NO PIENSA EN LA BELLEZA DEL BIEN.
Si tenemos esperanza de alcanzarla estamos en el camino de la santidad.
domingo, 8 de mayo de 2011
TEMOR DE DIOS: LA OTRA CARA DE LA ESPERANZA
Si la esperanza en el apetito sensitivo es el del bien y el temor huye del mal, la esperanza como acto de la virtud, que alcanza lo arduo supra intellectum ( Dios), tiene como contraparte el temor de Dios que evita el perder el bien de Dios. De Él nos puede sobrevenir el mal de la pena, mal relativo, pero el bien que es absoluto que pertenece al fin último es privado por la culpa si nos separamos de Dios. Dios es misericordioso y justo: con una nos adopta como hijos, por la otra nos castiga como opuestos a la gracia del Espíritu. Así con la justicia tememos a Dios y con la misericordia esperamos estar con Él como hijos.
El temor humano lo es de la pena que aparta de Dios la cual a veces la infligen los enemigos que amenazan con ella para que nos apartemos de Él. El temor servil e inicial se refieren a la pena con la cual Dios nos castiga y de la cual queremos evadirnos por temor.
El temor filial es el de la culpa por la cual teme el hijo ofender al Padre que lo ha hecho hijo por el amor de caridad.Así el temor filial encierra la caridad en su concepto y el servil no y el inicial es el medio entre ambos.
El amor mundano o del hombre es malo porque se adhiere al mundo y a las riquezas como fin último y el temor mundano nace de este amor cuya finalidad, siempre mala, tememos perder. Es peor, dice Tomás como Sócrates, cometer cualquier pecado que sufrir cualquier pena. En cambio el temor servil es bueno según sus sustancia y malo por el servilismo, que se opone a la libertad y es movido exteriormente. Por amor uno obra por sí mismo y es lo opuesto de la servilidad, que sin embargo no es esencial al temor servil que por temor de la pena se aparta del mal aunque no ame la justicia por sí. El servilismo odia la justicia. En cambio el temor filial por amor se aparta de la culpa que le sobrevendría si pecara y así con esto se alejarí a del término de su amor. El servil se refiere a Dios como principio inflictivo de penas pero en sustancia puede coexistir con la caridad, lo mismo que el amor propio.
El temor es principio de la sabiduría como dice el salmo 110, 10 y ella es conocimiento de lo divino por participación en su naturaleza, por la gracia Y ES ASÍ DIRECTIVA DE LA VIDA HUMANA. Y esto se conoce por la fe pero tambien es la sabiduría el principio del temor en su efecto operativo por el cual se somete a Dios a quien reverencia. EL TEMOR DE DIOS ES PRINCIPIO DE SU AMOR Y LA FE EL DE LA ADHESIÓN A ÉL, según el libro del ECLESIASTICO.
El temor filial es uno de los siete dones del ESPÍRITU SANTO, por los cuales el alma se vuelve dócil a sus mociones. Y por eso el temor nos hace primero sujetos a Dios y después alcanzamos los siguientes dones que concluyen en el de sabiduría misma, al cual le pertenece la caridad. El escalón más bajo del temor de Dios es la misma admiración de Dios, que es incompresible o más allá de la razón que ya posee en la patria la potestad de no perderlo en la tranquilidad de la caridad. El temor implica cierta imperfección esencial a la creatura. Pertenece a la humildad de la pobreza de espíritu, a la de los que son mendigos o necesitados en cuanto al Espíritu del primer escalón de las bienaventuranzas.
Aquí podemos mencional el SERMÓN DEL MONTE de Agustín donde a cada bienaventuranza le corresponde un don y una virtud. Se recomienda su lectura para ver la hermosa complejidad del tema de la santidad.
El temor humano lo es de la pena que aparta de Dios la cual a veces la infligen los enemigos que amenazan con ella para que nos apartemos de Él. El temor servil e inicial se refieren a la pena con la cual Dios nos castiga y de la cual queremos evadirnos por temor.
El temor filial es el de la culpa por la cual teme el hijo ofender al Padre que lo ha hecho hijo por el amor de caridad.Así el temor filial encierra la caridad en su concepto y el servil no y el inicial es el medio entre ambos.
El amor mundano o del hombre es malo porque se adhiere al mundo y a las riquezas como fin último y el temor mundano nace de este amor cuya finalidad, siempre mala, tememos perder. Es peor, dice Tomás como Sócrates, cometer cualquier pecado que sufrir cualquier pena. En cambio el temor servil es bueno según sus sustancia y malo por el servilismo, que se opone a la libertad y es movido exteriormente. Por amor uno obra por sí mismo y es lo opuesto de la servilidad, que sin embargo no es esencial al temor servil que por temor de la pena se aparta del mal aunque no ame la justicia por sí. El servilismo odia la justicia. En cambio el temor filial por amor se aparta de la culpa que le sobrevendría si pecara y así con esto se alejarí a del término de su amor. El servil se refiere a Dios como principio inflictivo de penas pero en sustancia puede coexistir con la caridad, lo mismo que el amor propio.
El temor es principio de la sabiduría como dice el salmo 110, 10 y ella es conocimiento de lo divino por participación en su naturaleza, por la gracia Y ES ASÍ DIRECTIVA DE LA VIDA HUMANA. Y esto se conoce por la fe pero tambien es la sabiduría el principio del temor en su efecto operativo por el cual se somete a Dios a quien reverencia. EL TEMOR DE DIOS ES PRINCIPIO DE SU AMOR Y LA FE EL DE LA ADHESIÓN A ÉL, según el libro del ECLESIASTICO.
El temor filial es uno de los siete dones del ESPÍRITU SANTO, por los cuales el alma se vuelve dócil a sus mociones. Y por eso el temor nos hace primero sujetos a Dios y después alcanzamos los siguientes dones que concluyen en el de sabiduría misma, al cual le pertenece la caridad. El escalón más bajo del temor de Dios es la misma admiración de Dios, que es incompresible o más allá de la razón que ya posee en la patria la potestad de no perderlo en la tranquilidad de la caridad. El temor implica cierta imperfección esencial a la creatura. Pertenece a la humildad de la pobreza de espíritu, a la de los que son mendigos o necesitados en cuanto al Espíritu del primer escalón de las bienaventuranzas.
Aquí podemos mencional el SERMÓN DEL MONTE de Agustín donde a cada bienaventuranza le corresponde un don y una virtud. Se recomienda su lectura para ver la hermosa complejidad del tema de la santidad.
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